Entrevista a Carlos Nasarre, director del Sagrat Cor Sarrià

gener 13, 2023

Queremos conocer con más profundidad tu visión y vivencia pedagógica en el mundo actual. ¿Cómo se afronta la misión docente siendo este un ámbito tan cambiante?

Cierto es que estamos viviendo tiempos de cambio en el mundo de la educación. Pero ¿cuándo no hemos vivido tiempos de cambio en la educación? Los que ya peinamos canas, argumento de autoridad, podemos constatarlo con nuestra propia experiencia. 

En las Escuelas de Magisterio de los años 80 se estudiaba a María Montessori, a Decroly, a Freinet y a los representantes de la Reggio Emilia, como Loris Malaguzzi, a Jean Piaget y su “teoría del desarrollo congnitivo”, a Víctor Garcia Hoz, uno de los precursores españoles de la personalización del aprendizaje, se leían libros como la Personalidad Creadora de Abraham Maslow o Aprender a Ser: la educación del futuro, de Edgar Faure, se estudiaba a Howard Gardner con su “teoría de las inteligencias múltiples” o el “cono del aprendizaje significativo” de Edgar Dale.

Así que, ¿cómo se afronta?, pues con expectación y serenidad. 

¿Siguen siendo vigentes las propuestas de estos referentes de la educación?

Por supuesto. Creo que las teorías que se desprenden de estos autores, míticos referentes de los maestros de la antigua Educación General Básica son en gran medida las mismas que se han ido sucediendo, con diferentes matices, en todas las leyes de educación desde los años 80 hasta nuestros días. Nadie tenía que subrayar que el alumno era el centro del aprendizaje, porque todas las teorías pedagógicas, el modo de hacer escuela, partían y llegaban de un modo natural a ese punto. 

¿O sea, que entonces estás diciendo que no hay tanto cambio como parece?

No te quepa la menor duda. La importancia del entorno social, de la realidad que vive el niño, la democracia, el aprendizaje basado en procesos manipulativos y de estimulación sensorial, la mirada globalizadora, la evaluación continua y formadora, el trabajo en equipo, la igualdad… En lo esencial, creedme, no hay tanto cambio.

¿Cómo es posible, pues, que unas teorías pedagógicas enseñadas en las universidades españolas desde la década de 1980 todavía no hayan encontrado una pista de aterrizaje idónea?  

Tal vez porque no se ha dedicado el suficiente tiempo y recursos en la formación del profesorado. Para cambiar la mentalidad de un sector se requiere un proceso largo, y ahora todo queremos que sea inmediato. Muchas veces, las nuevas leyes de educación que conllevan cambios metodológicos se reciben como una imposición.

Por otra parte, la cultura de la jerarquía en el mundo de la educación en España y la diferente formación universitaria que reciben los docentes, que deriva de la antigua diferencia entre diplomados y licenciados, tal vez tenga algo que ver en este asunto.

Demasiadas pistas de aterrizaje.

¿El Máster en Profesorado puede ayudar a ese aterrizaje?

Debería. Todos sabemos que los másteres que capacitan a los docentes para dar clase, aunque se ha alargado a un curso su tiempo de estudio, no dejan de ser en muchas ocasiones (no me gustaría generalizar) un puro trámite, cuyo resultado final es el de otorgar un certificado que te dé la opción de dedicarte a la docencia. Pero en muchas ocasiones no logran construir la estructura más importante que debe tener todo educador: su mirada de maestro. Una mirada que se cimenta en el amor al niño y el amor a la profesión de educador. 

¿Se te ocurre alguna propuesta de mejora formativa para la disciplina didáctica?

Hasta que no cambien los planes de estudio universitarios para todos aquellos que quieran dedicarse a la educación, seguiremos teniendo un déficit en lo más importante, en la mirada que todo educador debe tener ante el binomio conocimientos/alumno. 

Creo que nos falta sistematizar y homogeneizar. Todas las personas que se dediquen a la educación tendrían que salir de las universidades con conocimientos en pedagogía, psicología y didáctica, además de los propios del ámbito escolar. La universidad, además de enseñar conocimientos, debería encender la mecha de la pasión por la educación.

Por otro lado, hay que tener en cuenta otro componente, cualitativo, de gran fuerza, que condiciona todo el sistema. Hablamos del contexto vital del niño, un contexto que nada tiene que ver al de los años 1980, 1990, 2000, 2010…  

¿Los continuos cambios sociales, y la velocidad de estos, hacen que nos encontremos ante un alumno diferente al de antaño?

Tal vez en la superficie, pero no en su condición humana. Dos importantes elementos ejercen hoy día de grandes condicionantes en el mundo de la enseñanza (y en el de la sociedad en general): la globalización y la tecnología. Estos elementos han cambiado por completo el paradigma educativo en el que nos hemos ido moviendo tradicionalmente. El resultado es un brusco cambio que se vive como una revolución y que crea inseguridades. Por otra parte, hemos de tener en cuenta todos los avances en neurociencia educativa. Ahora conocemos aspectos del cerebro que antes desconocíamos.  

Está claro que no podemos instalarnos en el “cualquier tiempo pasado fue mejor”, la educación no puede enajenarse del tiempo y el espacio en que le ha tocado vivir, porque si no, rompería el cordón umbilical que le une al hombre, al niño. Un niño que vive en un tiempo y en un lugar determinado, y esto no lo podemos perder de vista. 

¿Qué opinas sobre el debate actual “innovación versus tradición”?

Sinceramente, creo que el debate entre los partidarios del conocimiento y los más afines a metodologías más innovadoras es una lucha estéril que no suma. Pensemos en el niño y en su contexto vital. No podemos cambiar el mundo globalizado y tecnológico en el que vivimos, como tampoco podemos cambiar la naturaleza humana de nuestro alumnado. Por lo tanto, no se trata de librar una batalla entre conocimientos tradicionales e innovación, sino de aprovechar ese contexto tecnológico para hacer crecer el lado humano de las personas, y apoyarnos en la esencia de nuestra condición humana y en nuestros conocimientos básicos para ejercerla de un modo inteligente, humanizando ese contexto tecnológico.  

Pensemos en el Renacimiento, una época de esplendor antropológico que vino precedida de grandes cambios tecnológicos. ¿En qué ha cambiado la condición humana desde entonces? En nada. 

¿Y cómo podemos avanzar?

Ni inercias inmovilistas ni experimentos con gaseosa. Equilibrio y prudencia. Solo desde la virtud aristotélica y desde el sentido común lograremos avanzar. 

Los conocimientos, en esto estamos todos de acuerdo, son imprescindibles para una educación competencial, sin conocimientos no hay competencias. Por lo tanto, abogo por una evaluación constante, sin agobios ni presiones, de los conocimientos clave que son imprescindibles para ser realmente competentes. Mucho de lo que siempre hemos trabajado con los alumnos sigue siendo fundamental, no tenemos que volvernos locos. Es cuestión de ganar en una cierta autenticidad, fundamentada en el aprendizaje significativo, y un cierto encaje de los conocimientos en el contexto vital de nuestros alumnos. No nos dejemos arrastrar por las inercias que chocan con nuestra realidad, pero conservemos lo que ha funcionado bien.

¿Entonces, que le pedirías a los políticos?

Tiempo, recursos y sentido común, nosotros pondremos el resto, talento, trabajo, imaginación y entusiasmo. Necesitamos tiempo para la formación del profesorado, necesitamos tiempo para la implementación de los currículums y tiempo para la implementación de las metodologías de un modo racional y enfocadas a objetivos educativos concretos.

Por muy innovador que sea en apariencia, si el método no logra conseguir el objetivo que nos proponemos, estamos ante un método que no funciona. No quiero cargar contra la innovación pedagógica ni mucho menos, pero quiero subrayar que la metodología innovadora solo es una herramienta, no un fin. Lo importante es el “para qué”, esto es, los objetivos que queremos conseguir con esa metodología, sea o no innovadora.

¿En qué crees, Carlos? 

En el binomio amor/pedagogía dentro del aula. El profesor debe dominar y amar la disciplina que imparte, su asignatura, y, además de la cabeza, es esencial que ponga el corazón en el proceso de aprendizaje de cada alumno. Si este encaje se da, todo fluye.

En el aula se produce una relación humana maravillosa entre el alumno y el profesor. Este está en posición de superioridad y puede hacer volar al alumno o hundirlo; nuestra función es hacer que vuele. Somos puentes y trampolines que lanzan al alumno hacia la vida.

Creo en los conocimientos, en la metodología enmarcada en una circunstancia vital del alumno y creo en el binomio humano profesor/alumno. Y, como Gracián, creo en que de nada sirve que el conocimiento avance si el corazón se queda.

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